Vestido con remera y pantalón celestes, un casquete protector y un par de antiparras, Fangio manejó para terminar de rodar una película sobre su vida, iniciada en Balcarce y finalizada en el autódromo municipal. “Juan no tendría que hacer esto, debería cuidar su salud”, manifestaba con un dejo de preocupación Adrián Villegas, doble del maestro sobre la cupé de TC. Fangio pidió expresamente no ser doblado sobre el auto de Fórmula Libre, ya que ansiaba volver a estar al volante de un auto de competición. Y, como no podía ser de otra forma, nadie e atrevió a contradecirlo, más allá de que el temor de Villegas era el de todos los cercanos al balcarceño.
Juan muestra una visible mueca de alegría antes de salir a pista. Camarógrafos y fotógtafos le hablan en diferentes idiomas, comentándole como querían que tome la horquilla para lograr la toma deseada. Fangio responde en italiano, y obviamente no tiene problemas en comprender lo que le piden. El dedo índice oprime el botón de arranque, entre sus rodillas la palanca se mueve hacia la primera velocidad y el Volpi sale disparado. Ruge durante cuatro vueltas, en las que Fangio demuestra que está intacto conductivamente. El director del film decide que la escena ya fue lograda, por lo que inidica el fin de la sesión en pista. El más grande de todos los tiempos se detiene, y se acuesta en un colchón de gomapluma a reposar. El Volpi-Chevrolet pasó de ser un auto histórico a ser el úlimo auto que condujo Fangio, por lo que automáticamente su valor crece ilimitadamente. “Esta es la pimera vez que me subo a un auto después de mi última carrera, en Palermo. No dobla muy bien porque fue acortado y angostado, y tiene un motor que tira como un burro”, declaró Fangio, aún con esa sonrisa en el rostro que era extensiva a todos los privilegiados que pudieron verlo conducir, más no sea por cuatro giros. Los últimos cuatro giros del mejor piloto de carrferas de todos los tiempos.

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